Hace 21 años yo iba al IES Severo Ochoa de Esplugues de Llobregat, me tocó repetir primero de Bachillerato. Había iniciado el Bachillerato tecnológico y suspendí Dibujo Técnico, Catalán y Castellano… por tanto hice lo más lógico, cambiarme de rama a bachillerato social, con más letras, e iniciar de nuevo mis andaduras en el instituto.

No recuerdo qué asignatura era, una optativa trimestral seguro ya que nos mezclábamos diversas clases y no duró mucho, biología puede ser, mi memoria falla. Ella estaba allí. Rubia, la única rubia auténtica que recuerdo en el instituto, sus ojos son color miel y se encuadran en una carita de niña con naricilla en punta y labios ni gruesos ni estrechos que forman una sonrisa en forma de V de lo más pícara. Por lo que sé, o ya lo era en aquel entonces o llegó a ser animadora de los Barcelona Dragons (corre, vete al Google) lo que hacía que su cuerpo fuera lo más flexible y fibrado del instituto. Es como si la hubiera visto hace un par de horas mientras lo demás está todo borroso.

Me fijé en ella desde el primer día, me era imposible tanto dejar de mirarla como acercarme y decirle algo. Entonces no había tick tock, ni Instagram, ¡ni tan siquiera Facebook! Que narices, no había teléfonos móviles, por tanto no existía ni el whassap. Para contactar con alguien tenias que tener un número de teléfono fijo (un aparato que estaba en casa y no se podía sacar a la calle porque estaba conectado con un cable a la línea de teléfono) al que tenias que llamar y hablar primero con el padre o la madre de la persona con la que quisieras hablar realmente. ¿Cómo podía acercarme y hablar con ella sin antes haberle mandado al menos mil likes en alguna app?

Sentí la conexión desde el primer día aun estando cada uno en una punta diferente del aula, su mirada se cruzaba con la mía y estallaban en un cielo de fuegos artificiales entre compañeros y pupitres. No eran chispas, eran rayos, era pura energía, de hecho estoy seguro de que hacia erizar el vello corporal de quien se cruzara entre ellas haciéndonos perder el contacto por milésimas de segundo. Hablábamos, sí, lo hacíamos, nunca de lo importante por eso. Nunca de nosotros. Nunca saqué el tema. ¿por qué? Ocasiones tuve, ella me las brindó, y lo único que hice fue añadir cicatrices inolvidables a mi colección de memorias de cosas que debería haber hecho y nunca hice.

Recuerdo que nos despedíamos al salir de clase, muchas veces esperábamos para coincidir en la puerta, despedirnos y marchar a mi siguiente asignatura como si me fuera la vida en ello. Aunque siempre se me ocurrían excusas para quedarme, siempre ganaba mi timidez tocando orden de retirada. Y así paso el tiempo, pasó el trimestre y nada hice hasta llegar al siguiente trimestre y coincidir en una asignatura de informática. Entonces llegó lo peor, llegó ese día, el día del papel de plata. El profesor se retrasaba, esperábamos para entrar, ella a mi izquierda, hablando con sus amigas y no conmigo. Yo hablando con mis amigos y no con ella. Como siempre. No había mucho espacio, mentira, había todo el pasillo, no había mucho espacio entre nosotros. El dorso de su mano izquierda rozaba el dorso de mi mano derecha mientras seguíamos a lo nuestro. Fue entonces cuando llegó la noticia de que el profesor no iba a venir, una buena noticia para unos alumnos de bachillerato que pueden salir a la calle durante el tiempo de descanso o si no hay profesor. Fue entonces cuando su mirada me dijo ¡vámonos! Fue en ese momento cuando vi mi vida a su lado, y también fue en ese momento cuando un amigo pasó delante de mí jugando con una pelotita de papel de plata de algún bocadillo terminado. De igual forma terminó el momento compartido, mi vida con ella, el alarido de ánimo en su mirada, el roce de nuestras manos. Simplemente corrí tras la bola resplandeciente en vez de tras una vida al lado de Ivette.

La volví a ver, sí, tuve más oportunidades, sí, las describiré aquí como intento de sacar de dentro esa sensación de no haber hecho lo que tenía que hacer y no haber conseguido la vida que tendría que llevar, también, intentaré ablandar las cicatrices haciendo públicas mis espinas enquistadas desde la juventud.

¿Llegarán estas palabras a ser leídas por Ivette? Lo dudo. Dudo que alguien realmente lea estas palabras, pero si las has leído y te encuentras en una situación similar a la mía con ganas de publicar los grandes errores de tu vida como método de descarga, yo tengo ganas de leerlos. Y si te encuentras actualmente cometiendo un error igual al que cometí en el pasado, animo, ¡lánzate! No sabrás si es bueno o malo hasta que te lances, pero si no lo haces, ya te digo yo que es malo y lo seguirá siendo hasta que tengas uso de razón.

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